VICENTE PÉREZ
Cándido Pérez es el alma de Las Vegas, el barrio histórico de Granadilla donde nació hace 57 años en una cueva. Vino al mundo en 1962 bajo un techo de tolva volcánica en las medianías del sur tinefeño, casi cumbre. Eran tiempos de terratenientes y campesinos en la esclavitud de la tierra. A los 12 años su familia dejó atrás aquellas humildes cavidades y se fue a Santa Cruz de Tenerife. Hoy, más de cuatro décadas después, Cándido tiene un sueño: recuperar las cuevas de su infancia, y mostrarlas, orgulloso, a los turistas y a los propios canarios, como testimonio un mundo ido, pero que es parte de la identidad del pueblo canario.
A este granadillero enamorado del patrimonio etnográfico el Cabildo tinerfeño le ha otorgado el Premio Tenerife Rural por su contribución a restaurar antiguos caminos, hornos de piedra y casas cueva. Si por él fuera, no habría nada de esa cultura tradicional canaria abandonado. Su esperanza es conseguir una subvención y asesoramiento oficial para cumplir su sueño.
Con Cándido ha subido PLANETA CANARIO hasta el lugar de su nacimiento, donde nos ha mostrado su tesoro: un magnífico conjunto de cuevas, que un día fueron su hogar, y el de una familia de 10 hermanos, con sendero empedrado; y aljibe, era, hornos de leña y lavaderos comunales. Una joya de la etnografía canaria, semiderruida ya por el paso del tiempo.
«Aquí fui feliz y me sentía libre, pese a la pobreza y que la agricultura era en el fondo una esclavitud, pero había comida y la escuela no estaba lejos; así que mi ilusión ahora es poder conseguir alguna subvención para que esto que para mi es identidad de los canarios no quede en el olvido y desaparezca», afirma este hombre bueno, que trabaja como autónomo arreglando caminos y paredes, y al que le gusta cantar (lo hace de solista en un grupo de música variada).
La cueva donde él vivió hasta su infancia es una de las más de cien que existen en el entorno de Las Vegas, algunas habitadas por los guanches, aunque el barrio histórico empezó a formarse hace cinco siglos gracias a los nacientes de agua de la zona, por donde discurre el barranco de El Río, cuyo nombre ya lo dice todo.
Nos lleva Cándido por un sendero en cuesta con suelo empedrado, de cuyo mantenimiento se encargaban antaño los peones camineros, de ahí que a él a veces lo llamen así. Mientras sube con agilidad ancestral, su mente va poblando todo de las gentes con las que habitó aquel sitio: su madre que estrujaba trabajosamente la ropa de la colada en aquella pila de piedra volcánica excavada en la roca, sus hermanos con los que jugaba en el patio, los vecinos aquellos a los que tanto quiso…
«La mayor felicidad de una persona es haber tenido una infancia feliz y aquí yo lo fui, teníamos sustento, y respetaba mucho a mi padre; cuando me sacaron de aquí pues me fui llorando, porque era dejar atrás un mundo que era el mío, para meterme en Santa Cruz», evoca, con la voz quebrada y los ojos acuosos.
En el ascenso, Cándido va mostrando los lugares comunales: los lavaderos y el aljibe que recogía el agua de lluvia a través de atarjeas, todo excavado en la roca; los grandes hornos de piedra recubiertos de barro para hacer tejas, pan y secar los higos… «Las casas de los ricos todas tenían aljibe propio, pero los pobres teníamos uno que era para todos», explica, acuclillado junto a la boca del tanque soterrado, aún con agua, donde crece el culantrillo con el que cubrían el dornajo en el patio de su casa.
Al llegar al destino, su primera morada es un lugar que asombra por su valor etnógráfico. Un conjunto de habitaciones excavadas en la roca, algunas de grandes dimensiones, donde se conservan aún algunas puertas. Cándido nos va mostrando una a una: la cocina, donde recuerda que se reunían las vecinas; el dormitorio, donde llegó a haber hasta cinco camas; el profundo cuarto donde manaba agua de una pared en invierno y se canalizaba para el consumo doméstico; el patio que en su infancia estaba lleno de geranios, rosas y claveles… Y unos enormes hornos de piedra de tolva y arcilla en la entrada de las cavernas.
Le parece ver, como si fuera un recuerdo de hoy mismo, las cabras, las vacas, los conejos y las gallinas que criaba su familia, y la voz de su madre llamándolo, en el silencio de Las Vegas, roto solo por el bufido del viento entre los pinos o el chasquido, multiplicado en ecos, de las azadas en los bancales.
«En algunas de estas cuevas se escondió gente en la Guerra Civil y la posguerra, y algunos, escondidos, lograron que no se los llevaran a combatir», relata, con el gesto apesadumbrado de un hombre que es tan pacífico que hasta la palabra guerra le parece violento pronunciarla.
Al final su familia se fue para Santa Cruz, pero hace unos 20 años él regresó al Sur, a trabajar aprovechando el empleo que creó el sector turístico, y arregló la casita que tenía abandonada en Las Vegas en los año 70. «Y ahora quisiera recuperar estas cuevas de mi infancia, de donde salí llorando una vez a los 12 años, pero que merecen restaurarse; porque, aunque no son palacios, son la historia de este sur», insiste Cándido.
Él pasó la escuela primaria y llegó al bachillerato. Conoce la historia de Las Vegas, en el que él mismo, acaso sin pretenderlo, ya ha entrado como un personaje más, imprescindible, para recuperar la identidad del viejo caserío. Sabe Cándido que una vez producida la conquista de la isla, las tierras que rodean Las Vegas las cedió el adelantado Fernández de Lugo a su patrocinador, el duque de Medina-Sidonia, que nombró como administrador al vasco Juan de Gordejuela. Tras un pleito con el duque, se adueñó de los terrenos. Posteriormente su familia cedió la propiedad a las monjas agustinas del desaparecido convento de San Andrés y Santa Mónica, que los Gordejuela habían fundado en Los Realejos.
A partir del siglo XIX la familia con más influencia en el barrio fueron los Guimerá. En 1824 llegó a Tenerife un barco capitaneado por Agustín Guimerá i Ramón, el fundador de esta saga, y que casi naufraga, por lo que el navegante decidió vender toda la carga y la embarcación y quedarse a vivir en la isla. En 1838, Guimerá y Ramón aprovechó la desamortización de los bienes de la Iglesia para comprar parte delas fincas agrarias de Las Vegas.
Apoyado Cándido en una pared de tolva, la piedra característica de Las Vegas, respira y se para a pensar la última pregunta de PLANETA CANARIO antes de la despedida a la vera del secular camino: «¿Qué le diría a los que no aprecian nuestro patrimonio histórico campesino? Pues que una pared de piedra como esta, sin ir más lejos, tiene mucho valor, el valor del trabajo que hicieron nuestros antepasados para recuperar bancales y tallar las piedras, por lo que pido a esta sociedad que luche por nuestra identidad, que no podemos dejar que lugares como este queden en el olvido, y que no despreciemos el pasado, pues las personas, sin pasado, no tenemos ni presente ni futuro».